Casamance

“LABERINTO DE AGUA Y HOJAS “

 

Cassamance nos recibió con lluvia, despues de llegar del norte de Senegal y otros lugares donde la naturaleza intenta poner fin al desierto, para hacer brotar la vida. En Cassamance esto se acelera, se pasa a la selva más absoluta en un santiamén, con una humedad que lo envuelve todo.

Os diré que esta vez nos situamos a parte de las fronteras políticas creadas por el hombre, entre dos grandes cuencas de dos ríos importantes, el río Gambia al norte y el Cassamance, que da nombre a la zona en la que estamos, y que son los que verdaderamente dan la originalidad al lugar.

El agua lo es todo en esta zona y con él numerosos cultivos, en una tierra más que productiva, hacen que la vida en esta zona sea algo más próspera, haciendo a su vez que el factor humano se vuelva más inquieto, dando lugar a una situación un tanto inestable por la existencia de una guerrilla cada vez mas reducida por el ejercito nacional. Revindican libertad para un pueblo de dudoso futuro y que viene siendo la víctima de sus propios libertadores.

Recuerdo como por este hecho, tuvimos que pasar numerosos controles militares, por una carretera con unos baches de tal magnitud que nuestro transporte no era capaz de avanzar si no era sorteándolos, llegamos a pensar que en muchos de los tramos sería mejor ir campo a través.

Arrozales rumbo a Zynguichor

Pero al echar la mirada a un lado y al otro observas los campos inundados para el cultivo de arroz, robados a una selva que se observa espesa en el fondo del paisaje.

Por fin llegamos a Zinguichor capital de la Cassamance, y lo primero que se puede observar es la grandiosidad de un río, que sin llegar aún a su desembocadura, tiene unas proporciones a las que no estamos acostumbrados. Numerosos cayucos, que tristemente conoceríamos años después, esperan a que la lluvia cese para salir a faenar.

Y nosotros preparamos nuestro plan: ver manglares y todo lo que puedan esconder.

Con el nuevo día y un sol raro para la época de lluvias en la que estamos inmersos por estos lugares, partimos desde una pequeña península-isla llamada Carabanne con la ilusión de ver por primera vez estas barreras biológicas que poner freno al mar, y su planta principal, el Mangle.

No pensé que un manglar podía esconder tanta variedad de vida y dar tanto de si a modo de visita y aventura.

En cayuco…

Aventuras y desventuras después de relajarnos del cruce de un río un tanto divertido, pues como antes dije aquí los ríos toman dimensiones importantes. Más aun, cuando desde nuestra barquita para ocho tripulantes como máximo, se dvisan sobre el horizonte a cada uno de los que están a tu alrededor y detrás de lo que parecen pequeñas islas o simplemente trozos de mangle, el propio mar.

Comenzamos nuestra pequeña navegación con la tranquilidad propia del comienzo de la jornada con un paseo largo en barquita. Pero a medida que dejamos atrás nuestro pequeño trozo de tierra, el moviento de la barca fue aumentando y la olas y corrientes de un agua sucio por el arrastre de sedimentos propio de un río de gran caudal, hacen pensar. Más aún cuanto más agachados estamos. A nuestro lado y de sorpresa asoman una pareja de lo que más tarde, pudimos discernir eran delfines, ver un animal en esas condiciones hace que te parezcan grandes muy grandes, aportando más animación al tema aún sabiendo que son inofensivos.

manglar

Entre achiques de agua cubeta en mano, llegamos a un laberinto de pequeñas islas sin tierra aparente, únicamente poblada por denso manglar.

La navegación se vuelve cómoda pero se necesita de alguien experto. Experto para conocer el camino de vuelta, dado que los canales se estrechan y abren a cada giro de dirección, ese fue nuestro patrón que a los mando del motor, no paraba de reír a cada uno de nuestros gestos. Claro que yo pensaba “si esto vuelca seguro que él también pierde la sonrisa”.

Queremos tomar tierra pero rápidamente observamos que la orilla esta lejos. Para llegar a tomar tierra firme, y como digo firme, pues toca andar sobre fango del más denso. Lógicamente andar en zapatillas no es una buena idea, así que ¡a descalzarse tocan!.

Esto iba ser para mí, una de las sensaciones más desagradables que me han tocado vivir por ahí. Al saltar de la barca la sensación es indescriptible, más aún, cuando el límite del hundimiento es mayor al esperado y este se encuentra a la altura de las rodillas. Pero esto no es lo peor de todo, puesto que siempre te aborda la idea de qué tipo de vida se esconde en el fango, ¡quién sabe qué! ¿y yo con los pies desnudos?. La siguiente sensación es, que antes desde la barca la distancia a la orilla era grande pero con los pies en el fango, ahora te parece infinita.

El primer paso fue difícil, pues pareces tener los pies en cemento en vez de fango y es una tarea complicada intentar sacar un pie para dar un paso y todo esto sin perder el equilibrio y acabar nadando en él, mejor no pensar en ello.

A cada paso un montón de ideas de todo tipo fluyen a tu cabeza, más aún cuando alguna raíz en punta, te dice que ese no es un lugar adecuado para posar tu pie. Pero con los chistes típicos de cada uno, riéndonos unos de los otros llegamos a tierra firme, y nunca mejor dicho.

El fangoso suelo del manglar


Resumiendo: “Una sensación un tanto…. viscosa”.


Una vez en la orilla piensas: “bueno, tampoco fue para tanto”, razonamiento que borrarás de la mente en cuanto toca regresar a la barca.


Después, visita a un pequeño poblado con hechicero incluido llamada la isla de los Fetiches.


Y por fin, ponemos rumbo hacia la Isla de los P ájaros de la que nos habían contado maravillas. Sin saber en ningún momento donde nos encontramos en cuanto a orientación se refiere, llegamos a ese lugar mágico. Un lugar perdido de esos que existen y tienes oportunidad de poder visitar, guardándolos en la memoria como especiales, para reunir con tantos otros de diferentes sitios.


La isla no es una isla como podamos imaginar, sino que está compuesta únicamente por manglar y solo es visitable en barca y desde la barca, puesto que no tiene lugar físico de desembarco. Sus dimensiones son lo suficientemente grandes como para que entre su espesura habiten millares de aves de todo tipo, y éstas pueden observarnos como nosotros, sin miedo aparente. Nos llegamos a situar a escasos dos o tres metros de ellas.

Isla de los Pájaros

Aves adaptadas a la vida o marina o a los humedades de todo tipo de tamaños y viviendo en completa armonía a pesar de la gran variedad de especies, en clara disputa por hacerse con un espacio, en el que me imagino situar su nido, ¡francamente fascinante!

Y me despido con el vuelo en masa de cientos de aves a nuestro alrededor con su variedad de colores figuras y tamaños, en un lugar lejano y apartado del paso natural del hombre.

Texto: Iñaki Villán