Cordillera los Andes – Amazonía

“Va, para aquellos lugares que no figuran en el mapa”

Una de las experiencias mas agradables que he tenido la oportunidad de vivir, es la de poder realizar el paso geográfico que une las altas cumbres de una gran Cordillera, junto con una de las selva mas importantes y extensas.

La Cordillera de la que hablo son los Andes y la selva nada mas y menos, que la inmensidad de la amazonía.
Allí donde termina una y comienza otra, existe un nexo de unión, donde existe un espacio que no figura para nadie, y del que casi nunca se habla, puesto que parece no guardar ninguna identidad propia, pero para cualquier viajero que se precie visitar esa zona es una experiencia gratamente satisfactoria.

TODO EMPIEZA, DONDE UNO ACABA

Recuerdo que al caer la noche sobre Cuzco obliga casi siempre al visitante y lugareño, hacerse con sus ropas de abrigo, puesto que las noches en Cuzco (Perú) son frías, y como pasa en nuestra querida Castilla, la manta para dormir en el irremediable invierno, es un complemento indispensable.

Pero a una escala de espacios, que solo son comunes allá, se encuentran los límites de la Amazonía, y la cosa es bien distinta, y al contrario de la sierra el dormir tapado, allí se convierte en imposible.

Pero no adelantemos acontecimientos, puesto que es de este espacio y sus paisajes del que quiero hablar. Para situarnos nos desplazaremos de Cuzco capital de imperio Inca dirección Pilcopata población de selva a orillas del río Madre de Dios, afluente directo del amazonas.

Ruinas de Sachsaywaman

Se empieza visitando las ultimas ruinas Incas que salen a nuestro encuentro, si el tiempo lo permite, es posible divisar grandes montañas como son el Ausangate o Salcantay, esta ultima, montaña sagrada para los antiguos Incas junto con otro montón de ellas, que la lejanía no deja diferenciar con exactitud.

Subidas y bajadas por caminos de tierra en los que nuestro vehículo va levantado una tremenda polvareda que kilómetros antes es posible divisar, avisando de nuestra inmediata visita o paso por la zona, de repente nuestro ritmo se para. Un rebaño de llamas atraviesa el camino y poco después un par de niños dirigen hacia el poblado de valle abajo, con una inmensa sonrisa nos saludan y nosotros correspondemos con varios pitidos desde nuestro auto.

Vamos viendo como las montañas nevadas se hacen cada vez mas pequeñas, hasta casi fundirse con el horizonte, y aparecen multitud de pequeñas aldeas, humildes, sin tan siquiera luz eléctrica ni cualquier mínimo de comodidad occidental que se le parezca, únicamente la riqueza de sus niños, con la cara curtida por el viento reinante en la zona.

Pero llega el momento y el camino se torna en bajada y es la primera vez que en el horizonte no se divisa más que nubes algunas bajas pero otras parecen querer subir hasta el mismo cielo, es el gran momento el momento de hacer un alto y contemplar el horizonte pensado en silencio y cada uno sacando sus propias conclusiones.

Si, eso es la inmensidad del Amazonas, ante nuestras narices, que se extiende hasta el otro lado del continente buscando el Océano Atlántico.

¡Que gran suerte tenemos por vivir en un planeta tan bello como este!

EL OTRO COMIENZA

Dos días de larga y penosa conducción, hasta conseguir que la carretera deje de tomar sentido de bajada, los precipicios en caminos serpenteantes dejan paso a bosques nublados de aspecto siniestro, con vegetación única de estas alturas y latitudes.

Empezamos a sentir la humedad en el ambiente y la ropa de abrigo empieza a sobrar Aquí los inexpugnables Andes tienen freno, y la selva empieza a dominarlo todo, al hacer este cambio de terreno paisaje y altura hace que las características propias se dejen sentir y en especial, el sentir el como la selva respira, que tiene vida propia.

Y una vez las nubes comienzan a retirarse, esta deja paso a la vista, ya todo es verde, extraños sonidos empiezan a dejarse sentir y el vuelo de las aves de aquí para allá nos recuerda a una jornada de trajín diario en una gran ciudad.

Desconocido y hostil en principio para nosotros, pero gratificante y acogedor con el paso del tiempo, únicamente agradecer que todavía el ataque de diario de mosquitos queda un poco mas lejos, allá en las cercanías del Madre de Dios.

Volvemos a sacar humo a nuestras cámaras, y ya mas abajo entre plantaciones de coca y sus cultivadores, empezamos a alcanzar las primeras poblaciones típicas de selva.

Aquí las ropas de la gente son otras, ósea mínimas, y los rasgos en sus caras cambian, quizás de aspecto más agradable, quizás también, por lo agradable de su clima y la facilidad de la vida en diferencia con las gentes del altiplano.

Recuerdo como las gentes de la cordillera, gustaban de presumir, como los pobladores de abajo, de la selva se ponían malos a recibir su visita, ellos lo llaman Soroche nosotros Mal de altura.

Y por fin Pilcopata, la pequeña aldea del pequeño reino cercano a Manú, trozo de selva respetada aun hoy por la mano de hombre, y reconocida por la UNESCO. Aquí mediante el único medio de transporte que funciona que son las barcas, ya por el rió Madre de Dios, que un poco mas abajo al entrar en Brasil toma el nombre de Maderia, tuve la oportunidad de tener ni primer contacto con la selva.

Contacto que tengo grabado en mi retina y del que guardo un gran recuerdo, pero bueno eso será otra historia, de la que también hay mucho que contar, pero por el momento me despido, como dije al principio, iba a contar esa parte que no figura en los mapas y que como otros muchos sitios, guardan grandes sorpresas.

Texto: Iñaki Villán