Islandia

“RUMBO A LA LÍNEA IMAGINARIA “

Frailecillo en Grimsey

Navegar, es sin lugar a dudas otra de la grandes aventuras que a cualquiera que le guste la aventura, alguna vez ha tenido en mente, y que seguro estaría dispuesto a realizar.

Más aún, si se vive lejano al mar, puesto que nos guste o no somos gente de tierra firme por los cuatro costados, de ríos, estepas y montañas, dada la ubicación geográfica de nuestra provincia natal. Pero seguro que en el interior de cada uno de nosotros, guardamos siempre un sitio o un rato para acordarnos del mar.

Quizás por eso, siempre tuve en mente el poder realizar una travesía por mar, pero no pensé que mi oportunidad fuese en el mar del Norte y menos aún, rumbo a esa misma dirección.

Akureyri, pequeña ciudad en el norte de Islandia.

 

Como antes dije, para un hombre de tierra adentro cualquier trayecto, aún tratándose de un día de navegación, hace que sea la mayor de las rutas marítimas y se disfrute con ello al máximo. Olores luces y sonidos del mar, cantidad de cosas que para otros pueden parecer un simple paisaje monótono; desde agua y cielo, hasta el fin del horizonte. Al fin y al cabo, estamos en un medio que no es el nuestro y aquí estamos a merced de otras voluntades. Mi consejo para ello, vivir el momento y disfrutar.

¿Nuestro barco? en su justa medida, adecuado para sentir aún más esa sensación marinera. Partimos de la vertiente norte de Islandia concretamente de un pequeña pueblecito llamado Akureyri, situado en el inicio de un fiordo de dimensiones espectaculares.

Apalabramos los detalles el día antes: lugar, hora de partida y todos los demás entresijos sin mayor importancia. Nos levantamos, como lo hacemos cada vez que tenemos un objetivo en mente, veloces y sin preocuparnos más que por uno mismo y su equipación, acorde al clima de la zona, porque de sobra sabemos lo que cada uno debe hacer. Una especie de código de conducta casi nunca hablado, que hace que la rueda gire y todo salga según lo previsto.

Con puntualidad más que británica empezamos el ritual del comienzo de una aventura, independientemente de donde ésta se realice. En medio de una madrugada a la islandesa, fría y húmeda, sin sol y con neblina en el horizonte que hace sentir un poco de mella en nuestras ilusiones, y pone rápidamente el celebro a funcionar.

Al inicio de cualquier aventura en el desayuno, las miradas cruzadas y observaciones mudas se suceden, primero uno se estudia a si mismo, cuál es mi estado de fuerzas y cuál mi estado mental: puntos a favor. Luego el medio alrededor, se observa que el tiempo no es bueno del todo y el desayuno es aún peor: puntos en contra, y ya por último tu compañero, su aspecto es bueno y parece tener la moral alta. Tras una serie de preguntas mutuas, cortas y claras, de esas que no dicen nada en concreto pero que explican mucho, se deduce que no existe contratiempo alguno y que por mayoría, los puntos son favorables, pues sin mediar palabra, se sigue con el plan adelante.

En el barco, rumbo a Grimsey

 

Nos encontramos en el lugar acordado, puerto de Akureyri a la hora prevista 7 AM y nuestro primer contacto con el barco. Por mi cabeza pasa: “se mueve no tiene mala pinta espero que no se ponga la mar brava por si acaso, solo necesitamos cruzarnos con muchas ballenas o que salgan a nuestro encuentro cualquier otro tipo de habitantes marinos”.

Inspeccionamos su interior y el exterior, es perfecto, para ir tomando fotos desde la borda, así que arranquen motores ya, que nos vamos hacia Grinsey la pequeña isla de Islandia que atraviesa el círculo polar.

Soltamos amarras y empezamos a desplazarnos por el interior del fiord,o se observa la costa mas pequeña a la vez que nos vamos alejando de ella, y Akuery desaparece de nuestro campo de visión, entre esas neblinas que sólo dejan asomar las cumbres de las montañas. Dándole ese aspecto fantasmal a la par que auténtico y que aunque quede mal decirlo, tantas veces había visto por televisión.

Navegando en el mar del Norte

 

Pasados unos minutos también nos damos cuenta de que el viento marino, parecido al que bien conocemos de la montaña, sólo que más húmedo, hace perder la temperatura corporal rápidamente, teniendo que entrar de vez en cuando al interior del barco para recobrar la temperatura. También nos damos cuenta que somos lo únicos y el adjetivo me lo reservo, que vamos en cubierta exterior, pero afán nos obliga para no perder así detalle alguno.

El mar es una balsa de agua en calma, avanzamos rápidamente y nos aproximarnos a algún roquedal que pone fin al fiordo, dejando tras de sí el mar abierto. Tenemos la primera observación de gran cantidad de aves marinas que ni se inmutan a nuestro paso, de entre todas ellas, buscamos una muy especial, que sólo se da en estas latitudes, un pájaro de aspecto singular y simpático con un pico característico, se trata del Frailecillo.

Cuando perdemos contacto visual con tierra firme al norte, sur, este y oeste, divisamos a lo lejos nuestro primer grupo de ballenas que desaparecen sin dejar rastro alguno, justo después observamos otras aves de grandes dimensiones que tras coger altura se lanzan en picado tras los peces, un espectáculo digno de ver y que se nos brinda a nuestro paso.

Seguimos siempre a la espera de poder capturar una ballena por supuesto, siempre me estoy refiriendo a nuestras cámaras, y después de unas cuantas millas náuticas más, observamos un ave de pequeñas dimensiones que se encontraba flotando en medio del mar ya lejos de tierra firme. Al llegar a su encuentro, a éste le cuesta remontar el vuelo, y cuando el barco en su incansable rumbo norte parece querer capturarle, lo observamos en primer plano y por separado. Tras constatar la observación ya no hay duda se trataba del Frailecillo, del auténtico y simpático pájaro del que pronto pasaría a ser como la mascota de nuestro viaje.

Como una fiesta organizada en un punto concreto de toda la inmensidad a nuestro alrededor, toda la vida de cuantos habitantes se encuentra allí son llamados por los peces en una fiesta alimenticia. Cuando uno parece haberse acostumbrado a todo ese trajín, en medio de las aguas surge el lomo de una ballena con el sonido de su resoplido tomando aire.

Tener una animal de esas dimensiones tan cerca, desplazándose lentamente, produce una sensación entre alegría por la existencia de aquellos seres y de paz por la tranquilidad que parecen querer transmitir; al desparecer bajo el agua sólo esperas una cosa, que vuelva a la superficie, para poder esta vez estar más preparado para lanzarle una fotografía, pero esta desaparece y perdemos contacto alguno, solo después de algún tiempo y al capricho del destino pudimos tomar alguna fotos de estas majestuosas criaturas.

Una ballena en el mar del Norte

 

Por mi cabeza ronda que estamos ante el pueblo Islandés, unos de los pocos y últimos cazadores de ballenas. Nunca comprenderé como se puede tener el valor moral suficiente, para cazar un animal de estos aunque sea parte de su cultura.

Después de unas horas más de navegación entre niebla y humedad ambiental, justo al norte el sol parece querer romper el horizonte y tan solo en cuestión de unos minutos pasamos de una niebla cerrada al espectáculo del cielo despejado y parece mentira: más es así, cuanto más al norte vamos.

Lejos empezamos a divisar lo que creemos pueda ser Grimsey. Con el sol de nuestro lado, ahora la estancia en cubierta se hace un poco más agradable.

Poco después el barco no se desvía, parece querer ir a chocar con ella, ya no nos cabe duda se trata de Grimsey. En ella sabemos que estamos cerca de esa línea imaginaria creada por el hombre: el “Círculo Polar Ártico” esa parte del planeta frío y deshabitado, y que en su gran mayoría se compone de agua en dos sus estados: el líquido por su mar y sólido por sus hielos, pero también sabemos, que estamos aún muy lejos de esas características.

Acantilados en Grimsey

 

Describir la isla de Grimsey es describir la soledad y la capacidad del hombre para adaptarse a un mundo hostil en el medio de la nada, puesto que es un pequeño asentamiento de pescadores. Pescadores del Bacalao en un trozo de tierra con forma de plano inclinado, con pequeñas calas de grandes rocas en un lado y acantilados vertiginosos por el otro, espacio exclusivo de las aves.

Quien iba a pensar que tendríamos el mejor tiempo de todos cuantos nos hizo en toda nuestra visita a Islandia, cuando justo llegamos a Grimsey en el mismo circulo polar.

Así que hicimos cuanto pudimos, que es aprovecharlo al máximo, como animales cuando sueltan su correa, saltamos del barco y empezamos a caminar sin un rumbo claro, únicamente en dirección a la zona mas alta de la isla como si lo conociéramos de toda la vida. Llegamos a sus acantilados muy altos y con caída directa al mar, bordeamos éstos llegando al final, la isla se nos acaba no hay mas tierra firme y el paisaje no ofrece mucho más que agua en el horizonte.

Pero ponemos a funcionar nuestra imaginación pensado a cuantos días u horas de navegación estarán de aquí los primeros Icebergs desprendidos del casquete polar, al fin de al cabo no hay nada que le impida a uno mismo soñar.

Y así pasamos todo el día en este barco de piedra llamado Grimsey, acompañados por mosquitos y una gran diversidad de aves demasiado escandalosas que con el tiempo empezaron a sobrevolar cerca, muy cerca de nuestras cabezas, indicándonos que ese no era nuestro lugar. Protegiendo, imagino, a sus polluelo, a los que ni mucho menos teníamos intención de molestar, sólo queríamos asomarnos a sus acantilados de roca negra con un mar aún más negro en el fondo.

Aves en Grimsey

 

Y ya con la llegada de la tarde, nos despedimos de Grimsey. No nos podemos permitir peder nuestro barco, único vinculo existente entre la isla e Islandia, sin él varios días tendríamos que quedarnos aquí, y la verdad tratándose del circulo polar, quien sabe, quizás no hubiese sido fácil.

Esta vez pusimos rumbo sur, y después de rato entre nubes divisamos la grandiosidad de la isla de Islandia, allí nos esperan volcanes, fumarolas y montañas, ríos y glaciares. Me imagino que como muchos marineros al regreso, nos invade la sensación de vuelta a casa, y eso que todavía estamos en otra tierra que tampoco se parece en nada a nuestra, pero que ya casi la sentimos como nuestra.

Texto: Iñaki Villán