Rostros

“La otra cara de la aventura… “

Niños kyrguizs

Los rostros son siempre expresivos, muestran algo más que una imagen. Transmiten algo interior, una sensación, un sentimiento, una actitud o incluso una opinión. Los rostros reflejan las miradas en ocasiones duras y frías y en otras dulces, pero de una manera u otra siempre son curiosas.

Hay rostros sin edad, rostros marcados por las líneas del tiempo, rostros singulares y rostros familiares, rostros sorprendidos y rostros sorprendentes. Cada raza, cada grupo social, incluso me atrevería a decir que cada clase tiene en su rostro algo característico y a la vez algo común.

Futuro pescador islandés

Cuando evocas un momento singular, un paisaje especial, la majestuosidad de una montaña o el ambiente de un bosque nublado, lleva asociada la imagen de un rostro, de su expresión, de una sonrisa o de un gesto, de un guiño de complicidad o de una simple mirada curiosa. Por encima de la insuperable belleza inanimada, surge la condición humana, la vida; que hace de viajar la aventura más grande que uno pueda soñar.

Esos rostros reflejan de manera única, la adaptación al entorno muchas veces hostil, la superación de las condiciones impuestas por el clima, por las situaciones sociales y políticas del momento. Esas miradas te demuestran como las relaciones humanas prevalecen sobre todo lo demás y aunque suene tópico ver como la sonrisa de un hijo llena de felicidad a su madre y a todos los que le rodeamos en ese instante. Como el duro trabajo es a veces recompensado por la camaradería de los compañeros. Como de alguna manera la felicidad hace justicia y aparece aunque sea por breves instantes en los rostros de los que padecen condiciones extremas, ofreciendo esa belleza única que no da el poder ni la riqueza.

Pakistaníes comiendo un helado…

Suelen ser los niños con su innata espontaneidad los que se acercan curiosos y basta devolver parte de esa expresión inocente, con un simple gesto como una sonrisa, para que su rostro infantil se ilumine. Igualmente basta participar en una escena cotidiana de otra cultura, mostrando nuestras torpes maneras en labores que nos son ajenas, para que se establezca una complicidad reflejada en esos rostros que sonríen tímidamente.

Porteador Baltí de vuelta a casa.

Recuerdo con agrado el rostro serio y arrugado de un anciano kirguiz que se acercó curioso a nuestro campamento con una dignidad que daba idea de su alto rango.

Al principio nuestra reacción fue de sorpresa, debido a su vestimenta característica y su habla totalmente ininteligible para nosotros. Hubo una pequeña presentación o eso nos pareció, a lo que siguió un saludo con el clásico apretón de manos. Mientras todo esto sucedía, el anciano señaló al Pico Lenin con gesto interrogante. Nosotros asentimos.

Transcurrió un breve instante en el que el anciano mantuvo la mirada perdida en la montaña, su rostro se tensionó y sus arrugas aparecieron más marcadas. todo en unas décimas de segundo.

Anciano kirguiz en el campo base del Pico Lenin

Durante este corto intervalo de tiempo, probablemente pasaron por su mente imágenes del pasado. Todo ello se reflejó en ese rostro tan lleno de paz y de años y que supo transmitirnos la esencia de la montaña. Esta cordillera era mucho más que un acumulo de rocas de dimensiones colosales. Era el eje sobre el que había girado su cultura durante generaciones y como tal merecía ser respetado.

En la selva amazónica peruana hubo otro momento protagonizado por un rostro.

 

Nos dirigíamos por una trocha a un poblado Machiguenga acompañados de la gente del lugar, entre ellos destacaba una inquieta muchacha. A cada momento se adelantaba o retrocedía, agarraba tal o cual hoja y se mostraba orgullosa de mostrar su territorio a unos forasteros de aspecto extraño.

De repente, se agachó a por un palo y con él capturó un insecto de tamaño más que apreciable. Nosotros temerosos, pero sobre todo curiosos la rodeamos y preguntamos por él.

Ella nos hizo entender que una simple picadura suya, nos dejaría al menos tres días en cama inconscientes. Instintivamente retrocedimos y su cara se iluminó con una pícara sonrisa. Tenía una expresión peculiar donde se mezclaba orgullo y ese dominio de ese medio tan hostil y desconocido para nosotros: la selva.

Otro rostro que nos marcó fue el de un niño africano que habitaba en la aldea de Ibel, en el País Bassari senegalés.

Niño senegalés

 

El poblado estaba lleno de chiguitos, a pesar de lo cual destacaba uno solitario y con la mirada ausente. En su cuello y a modo de pesados collares llevaba unos llamativos adornos. Esto atrajo nuestra atención y preguntamos por él. Nos informaron que lo que nosotros llamábamos collares, eran los “cri-cri”, es decir amuletos necesarios para espantar a los malos espíritus. Quizás su verdadero mal era la pobreza y la superstición y por ambas estaba marcado.

Él parecía saberlo cuando abandonamos Ibel y en la lejanía nos seguía con su resignada mirada de niño adulto.

Son muchos los momentos, muchas las sensaciones marcadas por un fugaz instante en que unos rostros entablan una comunicación personal, donde el idioma es muchas veces innecesario..